Ana Lopater
En Uruguay los adultos mayores son una proporción muy importante del conjunto de la población. Vivimos más, con una esperanza de vida cercana a los 80 años y como contracara, tenemos una tasa de natalidad muy baja.
Lo dicho anteriormente determina una de las tasas de envejecimiento más altas de América Latina, semejante a la de los países desarrollados. Esta realidad incontestable puede merecer diversas lecturas.
En primer lugar, implica una gran responsabilidad del Estado financiar los recursos destinados a una seguridad social que atiende un porcentaje creciente de personas adultas mayores, más allá de los aportes de los activos.
Se podría decir que el País tiene un sistema de previsión social que ha respondido bastante bien al desafío de cobertura, pero aún hay mucho que mejorar las jubilaciones y pensiones, para que la suficiencia del monto asegure en todos los casos una vida digna a quienes las perciben.
La vida digna y plena de los adultos mayores tiene que ver también con el cumplimiento de sus derechos; el Uruguay ha transformado en ley la Convención Interamericana sobre la Protección de las Personas Mayores, con fecha 8 de setiembre de 2016, la Ley 19430.
Sin embargo, los reconocimientos legales de los derechos no garantizan de por sí su cumplimiento, para que se hagan efectivos es necesario no solo la acción estatal sino también la intervención de distintas organizaciones gremiales y sociales, y la concientización de los propios implicados, sus familias y su entorno.
EL ENVEJECIMIENTO ACTIVO
Vale la pena atender a la definición de lo que se considera envejecimiento activo y saludable en el capítulo 2 de la Ley referida:
¨Proceso por el cual se optimizan las oportunidades de bienestar físico, mental y social, de participar en actividades sociales, económicas, culturales, espirituales y cívicas y de contar con protección, seguridad y atención, con el objetivo de ampliar la esperanza de vida saludable y la calidad de vida de todos los individuos en la vejez, y permitirles así seguir contribuyendo activamente a sus familias, amigos, comunidades y naciones. El concepto de envejecimiento activo y saludable se aplica tanto a individuos como a grupos de población¨ [4/32].
Este proceso de envejecimiento tiene un momento crucial en la etapa el dejar de trabajar. Esa situación contribuye a un sentimiento de ya no aportar, de no servir y aumentar la sensación de soledad. Sortear ese tiempo es difícil y son varias las instituciones que ofrecen actividades a los adultos mayores. Entre aquellas actividades que pueden contribuir a una vejez activa y saludable están las que promueven un relacionamiento intergeneracional en base a la experiencia y conocimiento acumulado de los mayores.
La experiencia propia de muchos muestra cuánto gratifica el diálogo con personas jóvenes, muy especialmente niños, sobrinos y nietos. Infancias y adolescentes que viven y aprenden en sociedad, conforman la personalidad, construyen el sentido de ciudadanía y de pertenencia a la institución escolar, al barrio y a la nación.
UNA REALIDAD DESAFIANTE
Hoy tenemos la triste realidad de muchos niños y adolescentes que viven esa etapa en la pobreza, a veces sin adultos referentes, en hogares inestables o monoparentales, con inseguridad y violencias, sin acompañamiento familiar, sin modelos ni modales a los que remitirse.
La pobreza infantil (por ingreso, por necesidades básicas o por desamparo emocional, cuantificada o no), complejiza aún más la tarea de los centros educativos, y son muchas las escuelas o liceos que apelan a los abuelos, a los veteranos y veteranas del barrio para afrontar este desafío. Instituciones que los convocan para leer un cuento, acompañar en un paseo, apoyar un campamento, relatar hechos del “siglo pasado”, contar tradiciones, oficios, anécdotas de antes… Son oportunidades de acercar el pasado reciente de los “grandes” a las curiosidades y fantasías de los “chicos”.
Para los adultos mayores es también un desafío hurgar en la memoria, hacer tangibles relatos de una época sin videogames y sin celular, con TV blanco y negro, trolleybuses y gofio de desayuno. Para la niñez, es un viaje en el tiempo para conocer historias, comprender y disfrutar de un diálogo con esos protagonistas del siglo pasado, protagonistas que aprenderá a entender y respetar en sus derechos.
A los niños y adolescentes les resultará sin duda interesante saber cómo era la escuela cuando la cursó el abuelo o la abuela de un compañero o un vecino que se acerca y que tal vez fue alumno de esa misma escuela, también puede interesarles como era el barrio en esas épocas o muchas otras experiencias relacionadas con juegos, profesiones, o con temas cotidianos.
Un “diálogo entre generaciones” es una alternativa de compromiso para una vejez activa, es una nueva oportunidad para paliar ese déficit de socialización tan evidente en nuestra infancia, es un aporte demandado por instituciones sociales y educativas, es otra forma se fortalecer el entramado, de colaborar a la cohesión social. Obviamente es también un paso tan modesto como importante para evitar la grieta, la distancia que a veces también aleja generaciones.

