Construir políticas de Estado exige articular necesidades reales de ciudadanos, familias y organizaciones sociales. Un espacio plural que dé sustento institucional y una asignación eficiente de recursos. Sin presupuesto, gestión y fiscalización, la salud de esta población se transforma en un discurso políticamente correcto, pero solo un constructo totalmente vacío.
De los 100 metros llanos a la maratón de la vida
Envejecer ya no es una carrera corta de 100 metros llanos, sino una maratón donde administrar esfuerzos y recursos es vital a nivel individual y colectivo. A principios del siglo pasado vivíamos menos y nacían muchos niños. Esto cambió radicalmente. Un cambio estructural y éxito de una matriz de protección basada en salud, educación y seguridad social por más de un siglo. Un logro que exige hoy una adaptación profunda en el autocuidado y, sobre todo, en el modelo de atención de salud y cuidados.
Es contradictorio que si bien se modificó la financiación del Sistema Integrado de Salud y se paga a prestadores según el riesgo por edad, en dos décadas no se procesaron cambios estructurales en el modelo de atención, ni prestaciones obligatorias ni en la formación de los recursos humanos para una sociedad envejecida. No es razonable seguir financiando «metas prestacionales» que ignoran cuántos usuarios hipertensos o diabéticos tienen a cargo, porque ello implica desconocer el perfil epidemiológico de la población que deben asistir. El sistema aún sigue enfocado en la demanda reactiva, bajo la lógica mercantil de la enfermedad y no de la salud.
El costo social de la fragmentación y la exclusión
Las políticas sanitarias fragmentadas carecen de un enfoque preventivo integral y de una continuidad de la atención, lo que conduce a una mala calidad del gasto en salud. Actualmente enfrentamos un aumento exponencial de patologías crónicas, mayor probabilidad de hospitalizaciones reiteradas, polimedicación y situaciones complejas de fragilidad. Estas problemáticas terminan limitando la autonomía personal y saturando de forma dramática a las familias, que funcionan como el principal —y a veces único— sostén sociofamiliar en nuestro medio. Se añade la baja de ingresos en la vejez, factor que dificulta tratar patologías múltiples y adherir a tratamientos médicos.
Gastamos mucho en salud, pero los resultados no se traducen en bienestar real porque el modelo persiste focalizado en el evento agudo, descuidando la cronicidad, la prevención y la rehabilitación. Es llamativo que no existan metas preventivas claras más allá de los 70 años, y que problemas prevalentes y dolorosos como el Alzheimer, el deterioro cognitivo o la depresión estén prácticamente ausentes de la estrategia hacia esta población. Así, el «envejecimiento saludable» promovido por la OMS se vuelve una ilusión. Excluir a los mayores de los objetivos sanitarios y mantener barreras económicas para acceder a especialistas resultan en un sinsentido económico y humano. Llegar a los 60 años implica una expectativa de vida de dos décadas adicionales, un tiempo valioso donde las estrategias de prevención reducirían drásticamente la fragilidad y el gasto ineficiente.
Hacia un nuevo paradigma de bienestar integral
Debemos reorientar la atención de salud con una perspectiva diferente hacia:
- Prevención: Anticiparse a la fragilidad con un enfoque de riesgo antes de que aparezca la dependencia.
- Defensa de la autonomía: Detectar y abordar la pérdida de capacidades de forma temprana.
- Integración y participación social: Priorizar los cuidados basados en el hogar y la comunidad.
- Bienestar integral: Atender la salud física, la salud mental y el entorno social.
- Continuidad asistencial: Fortalecer un primer nivel de atención resolutivo y coordinado con la atención diferenciada, amigable con las personas mayores.
El envejecimiento saludable debe integrarse plenamente a las políticas públicas del país. Todavía carecemos de un sistema de cuidados sostenible articulado con el espacio sanitario mediante una verdadera coordinación sociosanitaria. Los cuidados deben consolidarse como el cuarto pilar del Estado de bienestar para quienes pierden su autonomía.
El envejecimiento poblacional es un proceso inevitable y un triunfo del desarrollo. Celebrarlo implica asumir la responsabilidad colectiva de adecuar nuestras estrategias sanitarias. Es hora de transformar los servicios asistenciales para garantizar un sistema de salud digno para todas las edades.

