Entrevista de Clara Vaz
Hay algo que Graciela Rodríguez no sabe hacer bien: quedarse quieta. Ni cuando debería, ni cuando el cuerpo le pide tregua. A principios de este año, una neumonía aguda la obligó a internarse de urgencia. Diez días con antibióticos y asistencia de oxígeno, funciones suspendidas, agenda desarmada. Y sin embargo, pocas semanas después de recibir el alta, ya estaba coordinando su regreso.
No por obligación. Por vocación.
Para una artista que lleva más de cuatro décadas en escena, formada en la Escuela Municipal de Arte Dramático, becada en la Comedia Nacional, consagrada en Decalegrón y en una larga lista de unipersonales que llenaron salas durante años, el escenario no es un lugar de trabajo. Es su lugar en el mundo.
Graciela nació en el barrio Goes en 1957. De familia de clase media baja, con padre de humor seco, “era humor serio”, aclara y cuenta que su madre se convirtió en su fan número uno, hasta ayudarla a pasar letra.
Desde chica hacía shows en la escalera de la casa de su madrina, imitando a Leonardo Favio, a Sandro, a Violeta Rivas. Con un vaso en la mano y el altillo como bambalinas. Esa niña que actuaba para la familia no iba a detenerse fácilmente.
¿Cuándo supiste que la actuación iba a ser mucho más que una profesión?
No hubo un momento clave. Lo supe desde siempre. Desde chica, todo lo que era teatro, comunicación con el público, expresarme, me fascinaba. Nunca lo viví como una decisión. Era lo que era. Para mí es mi profesión, mi trabajo, pero también el juego de mi vida.
Esa frase “el juego de mi vida” dice mucho de quien la pronuncia. Graciela entró a la EMAD a los 24 años, casi sobre el límite de edad permitido. Se había recibido de profesora de Literatura e Idioma Español, había estudiado Servicio Social, pero ninguna de esas carreras le produjo lo mismo.
Al terminar la escuela de arte dramático fue becada en la Comedia Nacional. Y cuando quiso entrar a Decalegrón, el histórico programa de humor de Canal 10, se plantó frente a Jorge Escardó y le dijo sin rodeos: “Yo quiero hacer esto ahora y no cuando tenga 40”.
Pensaba que a los 40 sería una vieja. Hoy tiene 68 y no parece haberle llegado ese momento.
¿Qué sentís cuando se apagan las luces y salís a escena, después de todos estos años?
Nervios. Siempre. Porque tenés un compromiso muy grande con vos misma y con el público. Sigo siendo la misma persona de siempre. Lo que creo que la gente reconoce en mí es la autenticidad. Con los años el público la ve. Siempre fui la misma, adentro y afuera del escenario. Y eso genera un vínculo. El cariño que recibo de la gente es una de las cosas más lindas que he logrado.
El vínculo con el público es un tema que vuelve en la conversación de distintas maneras. Ella lo atribuye a una sola cosa: mostrarse. “No hay una fórmula”, dice. “Te das cuenta con el tiempo. Quizás sea mi espontaneidad”. Y en eso hay algo que también tiene que ver con sus años de unipersonal: en el escenario sola, sin red, sin compañía, el único puente con el público es la honestidad.
Has señalado la escasa presencia de mujeres mayores en televisión. ¿La sociedad todavía tiene dificultades para ver el envejecimiento como una etapa valiosa?
Sí. Hay poca presencia y hay dificultad para el crecimiento a cierta edad. Pero también creo que hay mujeres, un porcentaje importante, que se hacen visibles dentro de su entorno.
Somos mujeres que nos hemos adaptado, que hemos cargado con muchas culpas —la vianda que no hiciste, la camisa que no planchaste— y que muchas las hemos superado o tratamos de superarlas.
Y a las que todavía sienten que dejaron de ser visibles, les digo: “animarse. Animarse, animarse, animarse. Ocupar tiempo para ellas mismas. Es importantísimo tener un tiempo para una. Para nosotras”.
La reflexión no viene de la teoría sino de la experiencia propia. Graciela pasó años como funcionaria de la Intendencia de Montevideo, ingresó en 1979, sin que nadie le diera lugar en el área cultural, pese a su trayectoria. Se jubiló dolida, con la sensación de que la trayectoria sola no alcanza cuando el amiguismo manda.
Pasó por un cáncer de ovarios en 2022, que atribuye en parte a acumular cosas muy fuertes: la pérdida de su madre, esa jubilación que no fue lo que esperaba, el quiebre de una pareja, la parálisis de la pandemia. De eso salió también. Y no sin humor: “Traté de no pensar, fue como un sueño, pero siempre pensé: va a pasar lo que tenga que pasar”.
La cultura, parece decir, no es un lujo. Es una forma de seguir participando de la vida. Quizás por eso ella misma continúa trabajando con una energía que muchos consideran inagotable.
¿De dónde nace la energía para seguir con tanta actividad?
De lo que amo. Amo lo que hago. Eso da energía. Toda la actuación, la radio, la televisión, estar en escena, me motiva profundamente. Pero también creo que para las personas que estamos grandes lo más importante es salir. Salir, tener contacto con las amigas. Una vez por semana, una vez cada quince días. Creo que lo más importante son las amistades.
En eso, Graciela también piensa en sus lectoras y sus lectores. En las personas que atravesaron muchas etapas, que cuidaron a los suyos, que vieron cambiar el mundo varias veces y se adaptaron cada vez. Que acumularon historia, dolor, risas y una sabiduría que a veces el entorno no reconoce.
¿Qué lugar ocupan el teatro y los espectáculos en la vida de las personas mayores?
Son fundamentales. A veces cuando nuestros padres comienzan a ser mayores no estamos preparados para escucharlos, para darles todo el cariño, para saber sus historias. Llega un momento en que quedan solos, o el círculo se reduce. Y ellos vivieron épocas enteras que merecen ser contadas. El teatro, la música, los espectáculos son espacios donde uno va y no está solo. Donde se emociona, se ríe, se siente. Eso combate la soledad y genera bienestar real.
¿Qué significan para vos los recuerdos, la risa y el tango en esta etapa?
Los recuerdos me traen a mi infancia y adolescencia con mis padres. A las risas de mi casa, al humor de mi papá, que era un humor tan serio que a veces no sabías si era humor, a la manera natural que tenía mi mamá de hacer reír al hablar. Todo eso se hereda.
La risa para mí es una forma de vida, no solo un oficio. Y el tango es memoria. Es lo que uno escucha y de golpe está en otro tiempo, con otra persona, en otro lugar. Los tres juntos dicen algo de quiénes somos.
¿Qué les diría a quienes sienten que lo mejor ya pasó?
Cuando se le pide un consejo para los lectores de ONAJPU, evita colocarse en el lugar de quien tiene todas las respuestas.
“Consejos no puedo dar porque sigo aprendiendo”, dice. Pero deja una reflexión que resume buena parte de su filosofía. Pertenece a una generación que atravesó transformaciones profundas, que se adaptó a cambios tecnológicos, sociales y culturales, y que continúa haciéndolo.
Por eso está convencida de que las personas mayores no pueden desaparecer de la conversación pública.“Si no nos ven, tenemos que hacer algo para que nos vean”.
La frase queda resonando. Porque detrás de la actriz conocida, de la humorista popular y de la mujer que vuelve a los escenarios después de una enfermedad, aparece una idea sencilla pero poderosa: la experiencia tiene valor. Y el paso de los años no debería convertir a nadie en invisible.
Mientras tanto, sigue haciendo lo que hizo toda la vida. Sale a escena y vuelve a encontrarse con ese público que la acompaña desde hace décadas. Porque, después de todo, el telón, en el caso de Graciela Rodríguez, todavía tiene mucho camino por delante.

