Profesor Dr. Italo Savio
El objetivo es asegurar una vejez digna e integrada, para todas las personas mayores y todas las edades, con equidad, desde aquellas que gozan de total independencia en su vida diaria, hasta quienes requieren asistencia continua y/o residen en centros de larga estadía.
Enfoque que les sitúa como protagonistas de sus vidas, sujetos de derechos, opiniones, valores y trayectorias a respetar en las decisiones que los afecten. En Uruguay, un derecho jerarquizado por la Convención Interamericana y Ley 19.430. Un derecho fundamental, una responsabilidad y una poderosa herramienta de protección biopsicosocial para reducir riesgos en salud en la vejez.
El envejecimiento saludable supone un esfuerzo conjunto entre Estado, sociedad civil y las familias, articulado en cuatro pilares esenciales:
- Salud integral y accesible: Transformar el modelo de atención de salud mediante un primer nivel de atención fortalecido y servicios geriátricos competentes, que no excluyan a la población mayor de ningún beneficio y provean atención integral, continua y de largo plazo. La sociedad civil debe promover cambios en un modelo estancado y mercantil.
- Participación activa ciudadana: Promueve canales para que las personas mayores incidan directamente en las políticas públicas y en las decisiones de su vida cotidiana, incluyendo los centros de larga estadía.
- Seguridad y buen trato: erradicar la discriminación por edad (edadismo, viejismo), combatir la vulnerabilidad económica mediante protección social justa, y prevenir el abuso físico o patrimonial. Garantizar cuidados cuando la red de apoyo y familia claudican.
- Aprendizaje y educación continua: garantizar acceso al aprendizaje durante toda la vida para apoyar los proyectos de realización personal y de adaptación fluida a cambios socio culturales y tecnológicos.
La participación social como factor de protección
Junto a marcos normativos, la integración cobra vida en espacios cotidianos de interacción: la familia, amigos, vecinos, las asociaciones de jubilados, grupos barriales, clubes deportivos, talleres culturales, programas de turismo social y de forma muy especial los proyectos intergeneracionales.
Mantenerse integrados en redes y espacios comunitarios constituye un » escudo protector multifactorial“ en tres dimensiones críticas del envejecimiento:
Dimensión cognitiva y emocional: la participación constante en actividades sociales, redes, debates, dinámicas recreativas , educativas, físicas, estimulan nuestro cerebro, fortalece nuestra reserva cognitiva y memoria operativa. Las redes sociales estables actúan como un amortiguador, reducen el riesgo de depresión y ansiedad, reducen el riesgo para el desarrollo de deterioro cognitivo demencia.
Dimensión física y movilidad: las actividades grupales, talleres de danza, Tai chi, gimnasia adaptada al desempeño funcional, no solo rompen el sedentarismo, sino que también fomentan otros hábitos saludables que contribuyen al control de problemas crónicos de salud, mejoran la fuerza muscular, equilibrio y flexibilidad, previniendo la fragilidad física y las caídas. Mantiene la vitalidad motriz más tiempo.
Dimensión social e intergeneracional: mantener y recrear los vínculos con pares de nuestra edad o en grupos mixtos con otras edades, reduce el riesgo de aislamiento social y soledad no deseada e impactos de la misma sobre la salud mental. Asimismo una persona mayor más activa, visible y conectada con pares disminuye su vulnerabilidad ante situaciones de abuso, negligencia intrafamiliar e institucional.
Por otro lado, los programas intergeneracionales donde interactúan de forma horizontal niños, jóvenes y personas mayores, según evidencia, consiguen mejores resultados en deconstruir estereotipos negativos sobre la vejez y fortalecen la cohesión social e intergeneracional.
El secreto de las poblaciones longevas
La evidencia sobre poblaciones longevas (centenarios) demuestra que más allá de la genética, los hábitos de vida y los determinantes sociales en general, los vínculos juegan un rol muy importante. Lo vínculos e interacción participación estables y sólidos generan un mayor soporte mutuo, sea emocional o instrumental, mayor capacidad en adversidades y fomentan un claro propósito de vida.
En conclusión, el envejecimiento saludable no es un camino que se recorra fácilmente en soledad, sino una experiencia y trayectoria que se enriquece y fortalece con los demás. Participar desde donde y como sea posible nos protege y fortalece, sin importar la edad o condición que tengamos.

