Organización Nacional de Asociaciones de Jubilados y Pensionistas del Uruguay

Cristina Grela y el arte de estar cuando hace falta

Cristina Grela tiene 82 años y habla como si todavía le quedara todo por hacer. Médica, feminista, Ciudadana Ilustre de Montevideo, arrastra más de medio siglo de trabajo por la salud y los derechos de las mujeres uruguayas, y hoy sostiene una causa nueva: imaginar una vejez que no sea sinónimo de soledad.

Lic. Clara Vaz

Hace pocos años, en una actividad de salud rural en San José, se le acercó una médica joven. «Usted no me conoce», le dijo, «pero soy hija de tal persona, y usted le medía la panza a mi mamá antes de que yo naciera». Era la hija de una de las mujeres que Cristina había atendido de estudiante, décadas atrás, en el medio rural de Pintos.

Grela no puede contar esa escena sin emocionarse todavía. Es, dice, el mejor resumen de lo que fue su carrera. No grandes gestas, sino actos simples de cuidado que, con los años, terminan tocando la vida de alguien de manera directa.

De la biología prohibida al despertar feminista

Cuenta que llegó a la medicina casi de rebote. En el liceo se aburría; fue su madre quien insistió en que siguiera estudiando. Descubrió que le encantaba la biología, pero en su época no había lugar para mujeres en esa disciplina. Eligió medicina «y realmente me encantó». Ahí, dice, encontró un espacio para pensar y militar.

Diez años de extensión universitaria en el medio rural, en Pintos, marcaron para siempre su mirada. «Hablé muchísimo con la gente y aprendí montones», recuerda.

Vino después la dictadura, un tiempo que llama «de silencio social», vivido puertas adentro criando a sus cuatro hijos. Al final de esos años, en la clandestinidad de un curso de sexología dictado al atardecer, encontró la palabra que le faltaba para nombrar lo que ya sentía: feminismo.

«Ahí pude decir, esto que yo pienso también es feminismo. Coincidía con todo lo que yo sentía sobre la vida, la solidaridad y la justicia», recuerda.

De ese despertar nacieron los talleres de sexualidad con el Plenario de Mujeres del Uruguay, que empezaron en un pizarrón escrito con tiza y terminaron replicándose por cientos en todo el país. Nació también Mujer Ahora, cofundada con Fanny Samuniski, y la oficina uruguaya de Católicas por el Derecho a Decidir, que Grela coordinó a nivel regional durante una década.

Militar en esos años, dice, no fue solo enfrentar resistencias externas, fue construir, a los ponchazos, una manera nueva de trabajar en equipo, «pensar juntas en qué es lo urgente y desarrollar una estrategia a largo plazo», algo que reconoce que costó mucho instalar.

Hay otra anécdota de esos años que ella misma cuenta con gracia, que describe mucho su carrera. Una compañera le avisó que el director de un hospital del interior no dejaba a los médicos entregar anticonceptivos a las mujeres. Cristina fue a hablar con él y se llevó una sorpresa, era un amigo de la infancia. Conversaron, y ese mismo día el hombre levantó la prohibición. Le dijeron que había hecho algo heroico, pero ella, aun se resiste a esa palabra: «Yo no había hecho nada más que un acto humano de encuentros», sostiene hasta la fecha.

Los años de la militancia y el Ministerio

En 2005 el primer gobierno del Frente Amplio la convocó al Ministerio de Salud Pública. Le ofrecieron un programa de maternidad e infancia; ella propuso otra cosa: Salud de la Mujer y Género. «¿Qué es género?», le preguntaron. Se lo explicó en dos minutos y se quedó hasta jubilarse a los 74.

En ese tiempo impulsó las primeras guías de sexualidad y anticoncepción, y más tarde la reglamentación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.

Su convicción era clara: antes de discutir el aborto había que garantizar el derecho a no llegar a él sin quererlo. «Nadie tiene derecho a nacer no querido, no esperado, no cuidado: eso significa una falta tremenda en su desarrollo», explica, con la misma firmeza clínica y humana que debe haber usado entonces frente a quienes se oponian.

No todo el balance es liviano. Cuenta, con la voz todavía dolida, que un compañero que la sucedió le confesó hace no tanto que se estaban quemando las guías que ella había escrito para el Ministerio. «Fue horrible», dice, aunque enseguida se recompone. Las generaciones cambian, piensan distinto, y eso no tiene por qué ser malo, sostiene convencida.

Esa mirada se le volvió global en las conferencias de Cairo y Beijing sobre población y mujer, donde entendió que la desigualdad no era un problema uruguayo, sino mundial, y que revertirla iba a llevar generaciones. «Recién vamos en cincuenta años de trescientos», calcula. Aunque esto no la detiene, al contrario, la motiva.

Envejecer juntas, elegir cómo vivir

Hoy esa misma convicción la sostiene en un proyecto nuevo: Mujeres con Historias, la asociación civil que fundó en 2018 junto a otras militantes históricas del feminismo uruguayo —entre ellas Clara Píriz, hoy presidenta del colectivo— para impulsar la primera vivienda colaborativa feminista del país.

En octubre de 2025 inauguraron la sede, una casa patrimonial en Ciudad Vieja, mientras avanza el edificio definitivo: veinticuatro cuartos propios con baño, más espacios compartidos —cocina, lavadero, sala de talleres— para mujeres de entre 65 y 90 años que decidieron envejecer juntas, cuidándose mutuamente.

El cuarto propio, dice evocando a Virginia Woolf, es «necesario para la convivencia y para poder pensar y seguir». Lo que reclaman no es beneficencia, sino política pública. Que los ministerios y las intendencias cedan casas desocupadas a grupos que quieran vivir así.

No quedarse quietos

Ya sobre el final de la entrevista, vuelve sobre la vejez y habla de un mito que le gustaría desarmar. El «viejismo», dice, nombrando el término que empieza a discutirse en foros internacionales, la idea de que a cierta edad hay que quedarse quieto.

«Las personas viejas tenemos un aporte fundamental. Manejamos la tecnología, tenemos propuestas nuevas después de haber vivido tanto. Es una pena que mucha gente esté enclaustrada en su vejez, solo entreteniéndose. Queremos seguir aportando», asegura convencida.

El consejo para quienes leen esta revista llega sin dudar: «No quedarse quietos. Seguir caminando, conversando con los vecinos, proponiendo un objetivo, así sea ser campeón de bochas, colaborar en el comedor del barrio, o sentarse a escuchar a los adolescentes».

Detrás de ese consejo, se esconde la misma lógica de siempre, la de aquella joven médica que en Pintos le medía la panza a las mujeres del pueblo: hacer lo que hace falta, ahí donde uno está. «Yo hice lo que iba surgiendo, lo que me parecía que era bueno», dice en algún momento de la charla, casi de pasada.

Cristina Grela no salió a buscar un lugar en la historia. Simplemente, cada vez que hizo falta alguien, estuvo. Y sigue estando.