Organización Nacional de Asociaciones de Jubilados y Pensionistas del Uruguay

Juan Miguel Petit, entre la infancia, las cárceles y la ONU

Juan Miguel Petit tiene 68 años y una carrera que empezó como periodista, y que hoy lo tiene como director de la Institución Nacional de Derechos Humanos, con una nueva distinción internacional: fue electo para integrar el Comité de Derechos Humanos.

En el medio hubo un camino largo: diez años como Comisionado Parlamentario de Cárceles, la dirección del viejo Consejo del Niño, informes para Naciones Unidas sobre trata infantil. Habla de todo eso, pero también de la vejez propia y ajena, y de cómo entiende, a esta altura, el partido de la vida.

Empezó a escribir muy joven, en el liceo, y nunca paró. “Me interesaba muchísimo la comunicación, cualquier forma de comunicación”, cuenta. Pero eso siempre fue de la mano de una mirada puesta en lo social, algo que en dictadura, con “todo congelado”, tenía poco margen para volverse acción. Escribía en una revista de la Parroquia Universitaria, después en el semanario Jaque y, a principios de los 80, ya opinaba en el diario El País.

La democracia le abrió una puerta que no esperaba. La doctora Adela Reta lo conocía por sus notas y lo llamó una tarde para preguntarle sin vueltas si iba a seguir escribiendo sobre los problemas sociales o iba a hacer algo por cambiarlos. Así, con poco más de veinte años, terminó integrando el directorio del Consejo del Niño —hoy INAU—.

Fueron “años muy intensos”, recuerda. Se transformaron los viejos hogares masivos en hogares chicos, cambió la política de adopciones, se incorporaron técnicos en todo el interior. De ese período nació también el Plan CAIF. “Me costó mucho irme de ahí. El esfuerzo siempre vale la pena. A veces se logran resultados, a veces no. Siempre hay que hacerlo”.

Diez años mirando las cárceles

Ese mismo principio lo sostuvo tres décadas después, como Comisionado Parlamentario para el Sistema Penitenciario. Ahí, sostiene, lo más difícil sigue siendo lograr que la sociedad asuma que la rehabilitación es posible, que “cambiando las condiciones de vida de una persona esa persona cambia su relación con los demás, con su familia, consigo misma, y puede tener otro futuro”. No lo dice desde la ingenuidad, porque admite que “hay historias muy duras en las que uno pierde la fe. Pero si uno no cree, tiene que irse de esos lugares”.

De su gestión, lo que más lo conforma es haber dejado “una oficina funcionando” dentro del

Parlamento. Bajo su mandato se empezó a investigar de forma sistemática las muertes bajo custodia del Estado, algo que hasta 2015 nadie cuantificaba en Uruguay. Armaron un convenio con la Facultad de Medicina, elaboraron un protocolo, presentaron denuncias penales. “Aprendimos que estudiar las muertes es para cuidar la vida, no por morbosidad”, explica.

La etiqueta de “país modelo” no lo incomoda, pero la redefine antes de aceptarla. “Puede ser modelo si entendemos esa palabra como un punto de inspiración, donde se condensan buenas prácticas de mucho tiempo”, asegura. Pero enseguida marca lo que falta, incluido un país que “nace cada vez menos gente”, y resume su idea con una fórmula simple: “sacar las claves de lo que logramos y aplicarlas a lo que nos duele”.

La convención de la democracia

A la Institución Nacional de Derechos Humanos llegó en 2025 con un respaldo poco frecuente en el sistema político uruguayo: 114 votos sobre 117 en la Asamblea General, con el apoyo de todos los partidos.

En junio de 2026, casi un año después, sumó otra distinción, esta vez internacional: fue elegido miembro del Comité de Derechos Humanos de la ONU, el organismo de expertos independientes que vigila que se cumpla el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, uno de los grandes tratados de derechos humanos de Naciones Unidas. Petit lo baja a tierra rápido: para él, en el fondo, “es la convención de la democracia”: aquello que permite a una persona vivir en libertad, tener acceso a la justicia, poder circular, autodeterminar su destino.

Asume el cargo, señala, en medio de “una crisis grande del multilateralismo, en un mundo muy polarizado”, y aclara que no representa al Estado uruguayo, sino que integra el comité a título individual, “como relator independiente, no en nombre de un gobierno”. Aun así, cree que la nacionalidad pesa, porque es “una señal de que Uruguay es uno de los países del mundo que piensan en clave de democracia”.

Con 68 años y una agenda que sigue sumando, no disfraza cómo vive esta etapa. “Trato de ser lo más ubicado posible”, confiesa, y ahí mismo admite la duda que a veces lo visita, la de si no tendría que estar ya disfrutando de otra etapa, simplemente leyendo o escribiendo. Pero sigue en una institución “muy activa, con muchas cosas concretas”, y lo vive “con mucho entusiasmo, con la fe de siempre”, aunque reconoce el riesgo: “a veces te hace perder de vista el kilómetro que has recorrido, y si no te acordás de esa cantidad, le ponés un pedaleo que es excesivo”. Ser ubicado, resume, “no es nada fácil”.

Los “viejos” de la cárcel

Petit también conoce de cerca una cara menos hablada de la vejez, la de las personas

mayores privadas de libertad. “En las cárceles alguien de 40 o 50 años ya es considerado un viejo”, advierte. Son espacios pensados para hombres jóvenes, y hoy hay entre 300 y 400 personas mayores de 60 años tras las rejas, en un sistema que “no tiene geriatras” ni, en muchos casos, la arquitectura adecuada. “Hubo un boom demográfico en los últimos 15, 20 años, y todavía hay ajustes que hacer”, reconoce.

La vejez, apunta, se la enseñaron los “veteranos” que tuvo cerca de chico —así prefiere llamarlos— y de quienes aprendió “mucho, mucho”. Se acuerda especialmente de su tío abuelo, Leandro Gómez Harley, deportista uruguayo, a quien cuidó en sus últimos años, cuando ya no podía caminar y soñaba con volver a hacerlo. “Me dejó la enseñanza de

disfrutar cada pequeña partícula de vida, mirar un amanecer, poder hablar con alguien, tener contacto con alguien”, recuerda.

Las historias de vida, afirma, se incorporan a uno como pocas cosas, mucho más intensas que una película, aunque después la memoria les vaya cambiando algún detalle. Y le dejan a uno algo más, la certeza de que puede tocarle ese lugar algún día, el de necesitar cuidados, y que hay que prepararse para eso. “Tenés que cumplirlo con generosidad, con elegancia, con dignidad, tratando de ser lo más sencillo posible”, concluye.

El mensaje que deja para los lectores de esta revista lo entrega en clave futbolera. “Hay que saber que hay un reloj, un marcador, pero no hay que enloquecerse con eso. Hay que buscar la pelota, tratar de jugar lo mejor posible, disfrutar el partido”.

Y después de un recorrido completo hasta quien es hoy, cierra citando a Óscar Tabárez en pleno Maracaná: “Muchachos, olvídense de la tribuna, pelota al medio, y sigamos jugando”.