¿Cuántas veces hemos escuchado a una persona mayor decir «para qué voy a opinar, si ya no cuento»? ¿Cuántas veces hemos visto cómo se ignora su voz en una reunión familiar, en un trámite, en una consulta médica, en un espacio de decisión colectiva? Esa exclusión silenciosa, esa invisibilidad cotidiana, es también una forma de maltrato. Y es, seguramente, una de las más extendidas y menos reconocidas.
El respeto a las personas mayores habla de los valores de toda la sociedad. Y lo que esos valores revelan hoy no es alentador.
Vivimos en una sociedad que valora la velocidad, la novedad y la juventud como si fueran virtudes en sí mismas. En ese esquema, envejecer se convierte, equivocadamente, en sinónimo de quedar atrás. Pero eso es una mentira cultural que debemos desarmar.
Ser mayor no es estar obsoleto. Una persona que ha vivido setenta, ochenta o noventa años no es alguien que ya no tiene nada para dar: es alguien que ha atravesado crisis, ha reconstruido, ha amado, ha perdido y ha seguido adelante. Esa historia de vida vale como experiencia, como memoria colectiva, como sabiduría que ningún algoritmo puede reemplazar.
La exclusión también es violencia
Sin embargo, esa riqueza se desperdicia cuando se excluye a las personas mayores de los espacios donde se toman decisiones, cuando no las convocamos a participar en la vida comunitaria, cuando asumimos que ya cumplieron su rol y que ahora les toca hacerse a un lado. Esa exclusión de la ciudadanía activa es una forma de violencia que debemos nombrar, visibilizar y combatir con la misma energía con la que combatimos el abuso físico o económico.
Defender la dignidad de las personas mayores es defender también el futuro que queremos para todos.
Los derechos humanos no tienen fecha de vencimiento. El derecho a participar, a ser escuchado, a incidir en los asuntos que nos afectan, no se pierde con los años: se profundiza. Garantizar ese derecho es una obligación de toda la sociedad, no solo de quienes trabajan directamente con las personas mayores.
Cambiar la mirada sobre la vejez
Durante décadas, la vejez fue retratada casi exclusivamente desde la carencia, la dependencia y el declive. Esa narrativa hace daño. Condiciona la forma en que la sociedad trata a sus mayores, pero también condiciona la forma en que las propias personas mayores se ven a sí mismas.
No permitamos que la indiferencia silencie el sufrimiento de quienes merecen respeto, cuidado y reconocimiento.
Envejecer puede ser, y debe ser, una etapa de plenitud. De tiempo propio. De vínculos elegidos. De proyectos que quizás durante los años de trabajo no tuvieron espacio. La vejez no es el final de la historia: es un capítulo distinto, con su propio valor y su propia belleza.
Prestaciones bases para garantizar dignidad.
Las prestaciones que brinda el BPS buscan cubrir las contingencias de las personas y garantizar la dignidad. Las prestaciones fundamentales en nuestro sistema son las jubilaciones y pensiones, bases de nuestro sistema de seguridad social. Entre ellas existe la Pensión por Vejez, una prestación no contributiva para personas mayores de 70 años en situación de vulnerabilidad socioeconómica, y la prima por edad, una prestación económica para jubilados mayores de 70 años de bajos recursos.
Esas prestaciones cubren parte de las contingencias socioeconómicas de nuestras personas mayores más afectadas, pero pueden no ser suficientes para todos. Los cambios demográficos, impulsados por un envejecimiento en nuestra población y una menor tasa de nacimientos, hacen junto a los cambios económicos que debamos estar siempre en vigilancia y a la vanguardia en materia de seguridad social, escuchando sus reclamos, recordándoles sus derechos y concientizando que la omisión del estado también es una forma de violencia.
El Equipo Representante de Jubilados y Pensionistas cree firmemente que mediante acciones concretas es posible generar la concientización que motive los cambios necesarios para una mejor calidad de vida en nuestras personas mayores. La realización de conversatorios no es una acción al azar, es la materialización de acciones concretas para impulsar y concientizar nuestras políticas sociales a toda la sociedad, al estado, a las organizaciones civiles organizadas y a la ciudadanía en general.
Por lo mencionado anteriormente es que tuvimos el Conversatorio por el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez realizado en junio donde expusimos nuestro compromiso en combatir el viejismo y el edadismo que aún persiste en nuestra sociedad.
Un compromiso que no puede esperar
El buen trato hacia las personas mayores no debe ser una excepción: debe ser un compromiso permanente. No alcanza con conmemorar una fecha en el calendario. Es necesario que ese compromiso se traduzca en políticas concretas, en espacios reales de participación y en una cultura que respete y celebre a quienes han construido el país que hoy habitamos.
Transformar el respeto en acciones concretas y la sensibilidad en derechos garantizados es el desafío que tenemos por delante. No como tarea exclusiva de un organismo o de una institución, sino como responsabilidad compartida de toda la sociedad.
Sigamos construyendo juntos un país donde envejecer no sea motivo de temor ni de exclusión, sino de orgullo, de pertenencia y de disfrute.

