Desde joven, dice, sintió “una profunda sensibilidad por la equidad”, una noción que lo marcó para siempre: “Me afectaba mucho cuando veía que en una disputa se imponía la ley del más fuerte. Desde entonces supe que mi camino estaría en el derecho como forma de convivencia fundada en la libertad y en la búsqueda de soluciones pacíficas y justas.”
Su historia profesional es también un recorrido por los grandes debates de la justicia uruguaya de los últimos 40 años. Ejerció la abogacía durante casi dos décadas hasta que, en 1989, ingresó al Poder Judicial como juez letrado en Melo. Allí, en el interior profundo, vivió lo que llama “una experiencia transformadora”: el contacto con una realidad social desigual, marcada aún por las heridas de la dictadura y por las luchas obreras que persistían. “Era el segundo gobierno democrático tras la dictadura, y todavía había una fuerte división social. En esos años vi un Uruguay distinto, con mucho sufrimiento y mucha injusticia.”
Los derechos humanos como motor
Su carrera siguió en el Tribunal de Familia, donde trabajó con temas vinculados a violencia de género, infancia y responsabilidad penal adolescente. Fue uno de los impulsores de la aplicación del nuevo Código del Niño, que consolidó una mirada más protectora hacia la niñez y la adolescencia. Pero hubo también decisiones que lo marcaron por la soledad del voto disidente. “Cuando la Corte tuvo que pronunciarse sobre la ley que pretendía dejar sin efecto la condena del caso Gelman, fui el único ministro que votó en contra. Sostenía que debía cumplirse la sentencia de la Corte Interamericana y que los delitos de lesa humanidad son, por definición, imprescriptibles.”
Ese compromiso con los derechos humanos no fue un episodio aislado, sino un hilo que atraviesa toda su trayectoria. Para Pérez Manrique, Uruguay aprendió a valorar los derechos humanos “a partir del dolor de la dictadura”.
“Nos acercamos a los derechos humanos con la dictadura. Fue en ese momento que entendimos su importancia y que debíamos garantizar su vigencia.”, sostiene. Desde entonces, agrega, el país ha avanzado hacia una visión más amplia que incluye temas contemporáneos: medio ambiente, crisis climática, salud mental y, más recientemente, el derecho al cuidado
El cuidado como derecho humano
Sobre este último punto, el juez destaca la Opinión Consultiva N.º 31 de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, emitida a pedido del gobierno argentino, que reconoce el cuidado —compuesto por las dimensiones de ser cuidado, cuidar y autocuidado, estableciendo que los Estados tienen la obligación de respetarlo, protegerlo y garantizarlo con políticas integrales.— como un derecho humano fundamental y autónomo.
Para Pérez Manrique esto “Es un cambio de paradigma”, Y argumenta al respecto que: “El derecho al cuidado contiene dos dimensiones: el derecho a cuidar y el derecho a ser cuidado. Además, abarca el autocuidado, la necesidad de cada persona de atender su propio bienestar. La Corte reconoce que los Estados tienen la obligación de garantizar la igualdad en la prestación y recepción de cuidados, respetando la autonomía y la dignidad de las personas que los reciben y los derechos de quienes los brindan, remunerados o no.”
Pérez Manrique recuerda que Uruguay fue pionero al crear, por ley, el Sistema Nacional de Cuidados, un avance significativo en la región. Sin embargo, advierte que “el gran desafío hoy es dotarlo de los recursos necesarios para hacerlo sostenible y efectivo, porque del derecho al cuidado dependen muchos otros: el derecho al trabajo, a la educación, a la vida familiar y, sobre todo, a la igualdad entre hombres y mujeres.”
Justicia con cercanía
A lo largo de la conversación, el exministro vuelve una y otra vez sobre un principio ético: la justicia entendida como cercanía humana. Lo refleja en las anécdotas que cuenta, algunas duras, otras profundamente esperanzadoras. Recuerda el caso de un niño en situación de calle en Melo, en los años noventa, al que intentó proteger judicialmente con los escasos recursos disponibles. “Fue una de las experiencias más dolorosas de mi vida. Me marcó profundamente.”
En contraste, evoca otra escena en el Tribunal de Familia, cuando un abuelo aceptó un acuerdo difícil “porque usted nos parece una buena persona”. Ese gesto, dice, fue una lección de confianza y humanidad que nunca olvidó.
La educación en derechos humanos es otra de sus pasiones. Desde los años noventa impulsó el Concurso Nacional de Derechos Humanos “Nelson Mandela”, en conjunto con el Consejo de Educación Primaria. Niños y niñas de todo el país participaban enviando dibujos, historietas o canciones inspiradas en la Convención sobre los Derechos del Niño. “Era emocionante —recuerda— ver a los niños del interior llegar a la Corte, cantar, recorrer los pasillos y sentirse parte de la justicia. A más de uno se le caía un lagrimón. Lamento que esa experiencia no haya continuado, porque dejaba una huella profunda.”
Aunque formalmente jubilado del Poder Judicial, Pérez Manrique no se retiró de su vocación. A los 70 años, cuando la Constitución establece el cese automático, fue convocado a integrar la Corte Interamericana. Desde entonces, trabaja con la misma intensidad. “La jubilación no debe ser sinónimo de descanso permanente. Lo peor que puede pasar es dedicarse solo a descansar. El descanso también puede ser creativo y colaborativo. Hay tareas de voluntariado, espacios donde aportar. Lo importante es seguir activo.”
Cuidados con humanidad
Esa idea se enlaza con su mirada sobre el rol de las personas mayores en la sociedad. Critica la visión asistencialista y llama a repensar el lugar del adulto mayor como sujeto de derechos: “La sociedad debe reconocer la autonomía de las personas mayores, incluso cuando ya no son autoválidas. Hay que garantizar que sigan vinculadas al mundo, que puedan crear, expresarse, decidir. Me preocupa mucho el uso de medicación excesiva en hogares de larga estadía, como forma de control. El Estado debe supervisar y garantizar que los cuidados se brinden con humanidad y respeto.”
A los jubilados y jubiladas del país, Pérez Manrique les deja un mensaje claro y esperanzador: “No bajen los brazos. Siguen siendo ciudadanos y ciudadanas de primera. La sociedad no puede prescindir de ustedes ni de sus aportes. Hay siempre algo por hacer: en la familia, en la comunidad, en las organizaciones. El proceso de crecimiento humano no se detiene nunca. Hay que seguir aprendiendo hasta el último día de la vida.”
Su voz se apaga con humildad, pero sus palabras dejan resonando una certeza: la justicia, entendida como respeto por la dignidad humana, no se jubila nunca.

