Organización Nacional de Asociaciones de Jubilados y Pensionistas del Uruguay

Relatos que tejen la memoria y la identidad del país

Los juegos y juguetes de la niñez forman parte de un territorio íntimo donde se entrelazan memoria, experiencia y afecto. Allí donde el recuerdo vuelve a ser materia viva, también surge el relato.

No es casual, entonces, que un concurso de cuentos convocado por ONAJPU sobre este tema haya generado una imagen plural y entrañable: ciento treinta y un relatos que, más allá de la evocación personal, dan forma a un tapiz colectivo. Naturalmente, por tratarse de un concurso, hubo que seleccionar ganadores y menciones. No obstante, es preciso subrayar que esta segunda convocatoria literaria de ONAJPU vuelve a demostrar el valor y el poder de la palabra: esa herramienta con la que narramos, comprendemos y construimos identidad a través del decir.

Como recuerda la teoría del cuento —desde la claridad estructural señalada por Poe hasta la condensación significativa de Cortázar—, el relato breve es un arte de intensidad: cada historia debe crear un mundo autónomo y conmover en un solo movimiento. En estos textos, esa condensación opera como una lente que enfoca un espacio desde el cual se reconstruye un momento de la vida del país. Los autores y autoras han logrado ese efecto propio del cuento: abrir una ventana pequeña para mostrar un horizonte vasto.

Lo que emerge de este conjunto es una antología de memorias infantiles, pero, al mismo tiempo, un panorama socioeconómico y cultural del Uruguay de los años cuarenta, cincuenta y sesenta. Cada narración aporta un fragmento: una calle de tierra, una pelota de trapo, una ronda en la vereda, el ritual escolar, el almacén de barrio, el olor del campo, las precauciones de la pobreza o los pequeños lujos de otra época. La suma de estas pequeñas historias compone un fresco complejo que habla de modos de vida, aspiraciones, vínculos, carencias y alegrías.

La historia reciente, con sus heridas todavía visibles, exige ser estudiada, comprendida y valorada para interpelar la realidad que vivimos hoy. En este sentido, volver sobre la historia reciente de la vida cotidiana —la historia chica de la ciudad y el barrio, la escuela y la familia, las costumbres, la calle, los juegos y los juguetes— es también un modo de leer las raíces de nuestra sociedad. La memoria de lo simple y lo cotidiano posee una potencia reveladora.

Los ciento treinta y un cuentos presentados al concurso son, así, una constelación de voces. Cada una aporta su brillo singular, y juntas producen un impacto de obra coral que nos convoca y nos refleja. En su diversidad, estos relatos componen una memoria colectiva hecha de infancias distintas y, sin embargo, interconectadas.

Este libro es una invitación: a leer, a recordar, a pensar. A volver sobre nuestros propios juegos y juguetes, a reconocer en ellos el pulso de un país que fuimos y la sombra —o la luz— de lo que somos.

Consideraciones sobre los relatos premiados

El cuento «El mono tamborilero» —tercer premio del concurso— construye, con delicadeza y profundidad emocional, una evocación de la memoria y del primer amor a través de un juguete que da título al relato. La estructura narrativa se apoya en un presente nostálgico —la despedida de la casa de la infancia— que funciona como disparador del recuerdo. Desde allí, el narrador transita con naturalidad entre pasado y presente y logra una atmósfera íntima y reflexiva.

Uno de los aciertos del relato es el uso del mono tamborilero como símbolo: representa la inocencia, la imaginación, la música interior y, sobre todo, el vínculo con Helena. El «rataplán» se convierte en un motivo recurrente que articula el tiempo narrativo y condensa la memoria afectiva. Es un juguete y es el puente entre la niñez y la adultez, entre lo perdido y lo que permanece.

La construcción de los personajes es sutil y eficaz. Helena aparece delineada con rasgos precisos —inteligente, lúcida, sensible— y se transforma en una figura que impulsa el crecimiento interior del protagonista. El diálogo entre ambos aporta frescura y verosimilitud, además de revelar intereses culturales (Eratóstenes, Bach, Bradbury) que enriquecen el trasfondo intelectual del relato.

El estilo es claro, sobrio y emotivo, con un tono melancólico que evita caer en el sentimentalismo excesivo. La repetición de la frase «Regresa, explorador. Te alejas mucho de la Tierra» funciona como leitmotiv y cierra el cuento con una resonancia poética que subraya un concepto central: la tensión entre los sueños y la realidad, entre el deseo de explorar y la necesidad de permanecer.

Por su parte, el segundo premio «Chingolito» parte de una anécdota infantil que adquiere al final una dimensión ética y social profunda. La narración en primera persona se construye desde la memoria y articula una doble perspectiva: la mirada ingenua del niño que vive los hechos y la conciencia crítica del adulto que los recuerda. Esta distancia convierte una experiencia cotidiana —carreras con bolsas y un pedido de azúcar— en una revelación sobre la pobreza.

La caracterización del protagonista resulta esencial. La ropa heredada, los zapatos rotos y el cabello desordenado delinean un retrato claro de carencia. Detalles como los dedos que asoman por la suela o la camisa fuera del pantalón otorgan corporeidad y despiertan empatía sin explicaciones directas.

El diálogo dinamiza el relato y construye el ambiente de pueblo (el almacén, el bolichero, el trato cercano). El habla reproduce marcas regionales y sitúa la acción en un contexto social específico. En ese marco, el pedido de azúcar surge con naturalidad, aunque luego revela su gravedad.

La estructura avanza desde el juego y la vitalidad infantil hacia un momento de fuerte impacto. La explicación del padre —el agua con azúcar calma el hambre y ayuda a dormir— resignifica el episodio y expone la crudeza de la necesidad. Él actúa como mediador moral e introduce una reflexión sobre dignidad y adversidad. La imagen del equilibrio funciona como metáfora de la vida de «Chingolito».

El cierre epistolar transforma el recuerdo en aprendizaje ético y proyecta la experiencia hacia una reflexión universal sobre desigualdad y resiliencia.

Finalmente, «Pases» —relato distinguido con el primer premio del concurso— se destaca por su lograda fusión entre épica deportiva y sensibilidad íntima. A partir de una escena aparentemente simple —los últimos minutos de un partido callejero— la narración construye una metáfora sobre el crecimiento, la generosidad y el tránsito de la infancia hacia una forma más consciente de vínculo con los otros.

El lenguaje aplicado al fútbol está empleado de una manera convincente. La pelota es parte del juego —“única, mágica, adorada”— y se asocia al dulzor de los merengues y al deseo posesivo del niño. Esa comparación entre el balón y los merengues de la abuela Vicenta aporta profundidad simbólica: ambos representan el placer inmediato. El fútbol se convierte así en una experiencia sensorial y afectiva, no meramente competitiva.

La ambientación en la calle Parva Domus está trabajada con precisión. El espacio urbano —las veredas desparejas, los autos que interrumpen el juego, los vecinos amenazantes, la pelota que salta el alambrado— construye un escenario reconocible y entrañable. Esa minuciosidad otorga verosimilitud y ancla el relato en una memoria colectiva. El fútbol callejero concebido como escuela de vida.

El conflicto central es interior. Winguito, acostumbrado a definir por sí mismo, enfrenta una vacilación inédita. El pase a Matías (Alfilerito) representa una ruptura con el egoísmo inicial. El gesto transforma tanto el resultado del partido como la percepción del protagonista. El gol no es suyo, pero el bienestar que lo invade resulta tan pleno, o más, que una conquista individual. El remate final resignifica la metáfora del dulzor. Ya no se trata del sabor posesivo, sino de la satisfacción que nace del acto solidario.

Margarita Muñiz, Raquel Nusspaumer, Jorge Nández Britos