Entrevista de Clara Vaz
Antes de los escenarios, de las giras y de convertirse en una de las guitarras más reconocidas de la música popular uruguaya, estaba la infancia. Una casa atravesada por sonidos criollos, reuniones largas y un padre que vivía la música como una forma de estar en el mundo.
Su padre, Floro Cobelli, era guitarrista y cantor criollo. Julio creció en ese ambiente sin saber del todo que lo estaba absorbiendo. Acompañaba a su padre a dar clases y se quedaba en un rincón, mirando y escuchando.
La guitarra llegó formalmente a sus manos recién alrededor de los catorce años. Sin demasiadas ceremonias, su padre lo invitó a acompañarlo en un vals con unos pocos acordes. Ese gesto sencillo terminó cambiándole la vida. Lo que empezó con tres acordes y un vals no paró más.
El que no aprendía nunca
“Yo nací en una cuna de guitarras”, recuerda. De niño acompañaba a su padre a dar clases y se quedaba sentado, observando en silencio. Hay una anécdota que todavía cuenta entre risas: un alumno parecía no aprender nunca, pero mientras tanto, el que aprendía era él, solamente mirando.
La anécdota del alumno eterno tiene algo de poético. Mientras otro se esforzaba con el instrumento en las manos, Julio aprendía con los ojos. Esa capacidad de absorber, de escuchar antes de tocar, sería la marca de toda su carrera.
Con Walter Apesetche, payador de referencia, perfeccionó el uso de la púa. Con su padre aprendió algo más difícil de enseñar: el respeto por la tradición, por el instrumento, por quienes vinieron antes.
Y luego llegó Zitarrosa.
Hoy lo cuenta con humildad, como si todavía le sorprendiera. En aquel momento quizá no alcanzó a dimensionar lo que significaba.
“En ese momento quizá no tenía verdadera conciencia de la magnitud de lo que significaba”, admite hoy. Para explicarlo, busca una imagen que cruce el tiempo: “Alfredo era como un Luis Miguel de aquella época. Una figura enorme y admirada por todo el mundo.”
Entre 1970 y 1973 recorrió Uruguay, Chile, Brasil y Perú a su lado. Cuando Zitarrosa volvió del exilio, en 1984, Cobelli estaba ahí otra vez, como director y arreglador del cuarteto de guitarras. Grabaron juntos “De Regreso”, “Guitarra Blanca”, “Melodía Larga II”. Giras por Estados Unidos, México, América del Sur.
“Yo siento que Alfredo era él y sus guitarras. Había una unión muy especial entre su voz y ese sonido. Y para mí fue un verdadero honor haber sido una de esas guitarras que lo acompañaron.”
De Zitarrosa aprendió el oficio en su sentido más completo: la puntualidad, la presencia escénica, el cuidado en la ropa, la seriedad de los ensayos, el respeto hacia el público y hacia quienes trabajaban con él. “Era un hombre extremadamente cuidadoso en todo. Siempre buscaba dar lo mejor de sí y también sacar lo mejor de las guitarras que lo acompañaban.”
Una guitarra que no se calló
La dictadura no detuvo su trabajo, pero dejó marca. Cobelli es claro cuando habla de aquellos años: la música fue resistencia, y lo fue porque pudo decir lo que de otra manera no se podía decir.
“Había canciones que tenían determinados códigos y mensajes. La música siempre tuvo una enorme fuerza comunicativa. De alguna manera, fue una voz de libertad.”
No lo dice con retórica. Lo dice como quien lo vivió, como quien siguió tocando mientras otros callaban o se iban. Entre 1979 y 1984 fue músico estable del Café Concert. Tocó con Roberto Goyeneche, Rubén Juárez, Roberto Grela, el Sabalero. Recorrió Alemania y Suiza con el bandoneonista Hugo Díaz. La guitarra siempre encontró su camino.
En tiempos de silencios forzados, las canciones ayudaron a sostener algo esencial: la esperanza. Muchas veces acompañaron el dolor, la incertidumbre y también la necesidad de imaginar un país distinto. De alguna manera, dice Cobelli, la música fue acompañando el regreso de la democracia y el renacer de libertades que la sociedad necesitaba recuperar.
En 2022, la intendenta Carolina Cosse lo declaró Ciudadano Ilustre de Montevideo junto a Toto Méndez, en el Teatro Solís, en el mes del aniversario de Zitarrosa. Como si el círculo quisiera cerrarse con elegancia.
Artigas y la democracia
Cuando la conversación giró hacia el artiguismo, Cobelli no esquivó el tema pero tampoco lo simplificó. Habla de Artigas con respeto genuino, citando el reglamento de tierras, la visión de un hombre que pensaba lo que pocos se atrevían. “Ojalá los valores artiguistas sigan apareciendo en las canciones y en nuestra manera de vivir. Más allá de la historia, siguen siendo valores muy necesarios.”
Sobre la democracia también tiene opinión formada, y no es complaciente. Señala que hoy muchas veces se le da más importancia a la cantidad de público que al contenido. “La democracia no es solamente repetir frases o seguir lo que dicen todos. También necesita pensamiento, conciencia y sensibilidad. Y ojalá la música pueda seguir ayudando a eso.”
En tiempos marcados por la velocidad y el consumo inmediato, sus palabras parecen invitar a detenerse. A escuchar más despacio. A preguntarse qué cosas vale la pena conservar. “Artigas fue un adelantado para su época”, afirma.
Lo que se transmite más allá de las notas
Aunque reconoce que no siempre la música comercial actual pone el foco en esos valores, también cree que siguen existiendo canciones, artistas y espacios donde permanece viva una mirada más sensible sobre la justicia social, la solidaridad y el compromiso colectivo.
Quizás por eso no sorprende que una de las facetas que más valora de su carrera sea la de enseñar.
A lo largo de los años ha formado a jóvenes guitarristas que hoy tienen caminos propios en la música uruguaya. Nombres como Guzmán Mendaro, Nicolás Ibarburu o Leonardo Delgado forman parte de una generación que aprendió algo más que acordes a su lado.
Porque para Cobelli enseñar nunca fue solo explicar cómo se toca una guitarra. “Hay códigos entre músicos que son fundamentales”, dice. El respeto por el compañero, la responsabilidad, la puntualidad, el compromiso con el público y la seriedad frente al trabajo son enseñanzas que considera tan importantes como cualquier técnica.
“Uno no solamente representa una guitarra cuando sube a un escenario; también representa una forma de ser”.
Hoy Cobelli lidera Guitarreros, cuarteto que integra junto a alumnos que se convirtieron en colegas: Nicolás Ibarburu, Guzmán Mendaro, Poli Rodríguez. El grupo recorre tangos, valses, milongas y candombes con una solvencia que viene de décadas de escucha.
El tiempo como amigo
A sus 74 años, Cobelli sigue creyendo en la importancia de encontrar motivos para seguir adelante. Habla de la vejez sin solemnidad ni dramatismo. Como alguien que aprendió a mirar el tiempo desde otro lugar.
“Existe una edad cronológica, sí, pero también una edad mental, que es la edad en la que uno realmente se siente”, reflexiona.
Y acaso allí esté una de las enseñanzas más sencillas y profundas de esta conversación: nunca se acaba del todo el tiempo para aprender, crear o volver a empezar.
“La alegría no la da solamente el contexto o la familia, sino también la actividad, el sentirse útil, hacer lo que uno quiere. Ver el tiempo como un amigo y cada día como una nueva posibilidad”, concluye con la sencillez de alguien que aprendió a mirar antes de hablar.
Sesenta años de guitarra y de música uruguaya caben en esa frase. Y también, de alguna manera, el vals que un adolescente de Maroñas tocó por primera vez junto a su padre, sin saber todavía que eso iba a ser su vida entera.

