Organización Nacional de Asociaciones de Jubilados y Pensionistas del Uruguay

Discriminación que afecta la autoridad y la dignidad de los viejos

Marcos Supervielle – Prof. Emérico de la Fac. CC.SS.

 

¿Qué es y de donde viene?

En 1969, el psiquiatra y gerontólogo norteamericano Robert Butler, escribió un artículo dando cuenta de las reacciones hostiles de un grupo de vecinos a la creación de un conjunto de viviendas que, con un alquiler moderado, estaban destinadas a personas mayores que incluían a afro – americanos. Al describir estas reacciones como un “entrelazamiento complejo de discriminación de clase, de color y de edad”, Butler anota que la edad elevada de los futuros residentes constituye uno de los elementos que dichos vecinos juzgan de manera particularmente negativa. Para aislar analíticamente esta hostilidad en relación a los “viejos”, el gerontólogo propone el término “agisme” (de age en inglés, que se traduce por edad en castellano) y que los españoles posteriormente tradujeron por “edadismo”. Según Butler, el edadismo es un prejuicio de un grupo de edad hacia otros grupos de edades.

El hecho que este término fuera acuñado por analogía con el clasismo (en su sentido peyorativo), así como el sexismo y el racismo, dándoles así un marco común a este tipo de calificación, vuelve al edadismo de forma teórica, e incluso en algunos países de forma legislativa, a una consideración más general:  a la aprehensión por las discriminaciones, tanto en el trabajo como en la propia vida. Una particularidad del edadismo es que aparece claramente en dos períodos de nuestra vida, cuando somos jóvenes y ello se ve en las altas tasas de desempleo de los mismos, y más pronunciadamente cuando somos viejos.

Las dimensiones de la edad implicadas en el Edadismo.

Una posibilidad es partir de definiciones estrechas del edadismo, fundándolo en una discriminación basada en la “edad cronológica”. Sin embargo, la descalificación basada en la edad, puede implicar otras dimensiones más que nuestra posición en el tiempo. Una persona puede ser descalificada por su “pertenencia generacional”, real o supuesta. Puede ser descalificada también por la distancia a las etapas estandarizadas por el orden social de los recorridos de la vida. Por ejemplo, que cierta persona que, a cierta edad, esté todavía escolarizada, o simplemente que ya esté jubilado. Pero también puede ser discriminado por su piel envejecida, por el estado de su dentadura, o sea simplemente, por la apariencia de su estado corporal, etc.      

A pesar que en ciertos trabajos, por la carga del desgaste físico y/o mental que conllevan, sea necesaria una jubilación anticipada que atienda ese esfuerzo, en los hechos se configura una forma de edadismo que previene un supuesto deterioro acompasado por la edad.

Para otros, la prolongación de la esperanza de vida hace que en cada etapa de la misma nos sintamos más jóvenes que nuestros padres cuando tenían nuestra misma edad. Pero, sabiendo perfectamente que la sociedad en general no reconoce estos cambios, aunque son reales, y que entonces se nos discrimina justamente porque se ha institucionalizado que a ciertas edades no podemos asumir tal o cual responsabilidad y ello hace sentir que se cierran puertas por la edad cronológica. Entonces, estamos también ante una forma de edadismo, porque estamos convencidos que seguimos siendo útiles en lo que hacemos y en lo que podemos hacer. 

La desigualdad del edadismo de los mayores por clase o por género. 

El pasaje a la vejez en las clases altas puede estar acompañado por títulos especiales como presidentes de honor, directores o directoras honorario/as, profesores eméritos, miembros de los consejos de administración, participantes de consejos de fundadores, o de sabios, etc. Las personas de clases populares raramente alcanzan estos reconocimientos simbólicos y aún a veces, monetarios.

El edadismo es mucho más cruel con las mujeres, particularmente en los trabajos en donde es muy importante su prestancia y presencia. En estos casos todo signo exterior de envejecimiento puede transformarse en descalificatorio para estas mujeres en su empleo. Ráapida segregación que a los hombres no les pasa, al menos a la misma edad.

¿Cómo contrarrestar el edadismo?

 Todas estas situaciones nos llevan a tener frustraciones y sentimientos de injusticia, que obligan a pensar estrategias alternativas para contrarrestar las diversas formas de edadismo.

En el mundo del trabajo se justifica el edadismo en varias medias verdades:

  • El deterioro físico.
  • En la obsolescencia de los conocimientos frente al cambio tecnológico.
  • La falta de interés y de flexibilidad para adquirir nuevos conocimientos.
  • La incapacidad para aceptar nuevas tecnologías. 

Pero, aunque estos argumentos tengan cierto asidero, son parciales. Hay competencias que se adquieren en el transcurso de la vida y que son y serán siempre centrales en el mundo del trabajo y de sus organizaciones, y en general en la vida social, aunque no se hagan explícitas. Quizás la principal sea la del trabajador maduro que ha consolidado su autoridad ante los compañeros más jóvenes. Autoridad que se construyó a partir del respeto y la confianza lograda con respecto al qué hacer y/o cómo hacer en el propio trabajo. Este reconocimiento es central en los procesos de cambio, ante la incorporación de las nuevas tecnologías e incluso ante los nuevos conocimientos a adquirir. La autoridad de los mayores, quizás aún sea el factor más importante para que un colectivo funcione en el proceso de cambio.

La autoridad como competencia es general y aplicable en cualquier instancia, puede ejercerse fuera del mundo del trabajo en sentido estricto. Y si, voluntariamente o no, nos jubilamos, los viejos tenemos muchos lugares en donde poner a disposición nuestra autoridad, para colaborar en todo tipo de emprendimiento colectivo aportando desde la experiencia y el reconocimiento de los otros, derrotando en los hechos los prejuicos y estigmas del edadismo.