Hola, qué alegría es para nosotros poder conversar con ustedes desde este lugar. Estamos profundamente agradecidos por esta oportunidad.
Procuraremos presentarnos.
En una sociedad que muchas veces asocia la vejez con la quietud, la soledad o la espera resignada del paso del tiempo, un grupo de adultos mayores hemos decidido levantar una bandera distinta.
Cada jueves hace ya tres años, nos reunimos en el Colegio Sagrada Familia de la ciudad de San José de Mayo, que nos brinda un espacio. Nos unió en un comienzo, ser abuelos de niños que concurren al Colegio. Ese fue el pretexto, luego entendimos que todos necesitábamos ese espacio nuestro.
Elegimos un nombre: Abrazando la vida.
Detrás de este nombre no hay solamente reuniones o actividades recreativas. Hay una filosofía. Una manera de mirar el tiempo vivido no como una carga, sino como un tesoro.
Elegimos llamarnos “Abrazando la Vida” porque entendimos algo profundo y esencial: mientras haya un nuevo amanecer, todavía hay vida para abrazar. Contamos con la presencia de diversos técnicos, especialista o personas que se acercan solamente a compartir sus saberes o experiencias de vida.
“Abrazando la Vida” nace del deseo de demostrar que la edad no debe ser una condena al aislamiento ni a la tristeza. Muy por el contrario.
En una palabra, juntos seguir creciendo con dignidad.
En este grupo hay personas que vuelven a brillar después de años, que se animan a conocerse más a sí mismos, a reconocerse con virtudes y defectos, a aprender nuevas cosas, a cantar, a hacer gimnasia, a participar en actividades solidarias o simplemente a descubrir la alegría de sentirse acompañados.
Personas que entendimos que el corazón no envejece cuando todavía conserva ganas de vivir. Personas que aprendimos la magia de los abrazos.
Nadie debería pasar sus últimos años esperando solamente la muerte.
La vida no termina cuando aparecen las arrugas; termina cuando se pierde la ilusión. Y precisamente eso es lo que este grupo combate cada día: la idea equivocada de que después de cierta edad ya no queda nada por hacer.
Sin embargo, detrás de muchas sonrisas de la tercera edad, existe una realidad silenciosa que duele: la indiferencia social.
Vivimos en una época donde todo parece girar alrededor de la juventud, la rapidez y la productividad, y muchas veces se olvida el valor inmenso de quienes hemos recorrido un largo camino de vida. Los adultos mayores comúnmente nos sentimos invisibles, poco escuchados o relegados, como si al cumplir cierta edad dejáramos de existir para muchos. Sentimos que se cree que con cada año perdemos el derecho a tener sueños, opiniones, proyectos, amigos, vida propia.
La sociedad arrastra todavía numerosos prejuicios sobre la vejez. Existe el falso concepto de que una persona mayor ya no puede aprender cosas nuevas, enamorarse, trabajar, divertirse o adaptarse a los cambios.
Se confunde experiencia con incapacidad y calma con inutilidad. Muchas veces se habla de los mayores como personas “acabadas”, dependientes o tristes, cuando en realidad cada ser humano envejece de manera distinta y conserva intacta su necesidad de afecto, participación y dignidad.
Otro de los grandes mitos es pensar que la felicidad pertenece solamente a los jóvenes. Como si la alegría tuviera fecha límite. Pero basta acercarse a grupos de adultos mayores activos para descubrir personas llenas de entusiasmo, ganas de compartir, sentido del humor y deseos de seguir creciendo.
La vejez no elimina la capacidad de emocionarse; al contrario, muchas veces enseña a valorar mejor las pequeñas cosas y, poner la atención en el lugar indicado.
También existe una forma de discriminación más silenciosa: decidir por nosotros Hablarnos como niños o asumir que no comprendemos el mundo actual. Esa actitud, aunque parezca inofensiva, termina quitando a muchos la autonomía y la autoestima.
Escuchar, incluir y respetar a las personas mayores no debería ser un gesto de caridad, sino un acto de justicia y humanidad.
Quizás como sociedad debamos aprender que envejecer no es un fracaso: es un privilegio que no todos alcanzan. Y quienes hoy somos adultos mayores representamos la memoria viva de nuestras familias, nuestros barrios y nuestra historia. Cuidar a los adultos mayores además de ser una forma de valorarlos y darles un lugar activo es también una manera de cuidar el futuro de la sociedad y de cada persona que si tiene suerte, un día envejecerá.
Nos reencontramos pronto.
Taller Abrazando la Vida.-

