Organización Nacional de Asociaciones de Jubilados y Pensionistas del Uruguay

Libros & Autores: Reedición, después de 100 años, de relatos magistrales de Quiroga

Hace unos días, mirando libros, me topé con esta reedición de Los desterrados, de la que tenía muy buen recuerdo. De inmediato lo releí y me gustó mucho; además, me enteré de que no estoy sola en esa opinión, porque muchos consideran que es su mejor obra.

Los ocho hombres que describe y los episodios que protagonizan son muy distintos entre sí, pero los vincula el escenario: la selva de Misiones, en el noreste de Argentina, que él conoció bien.

El primero —que en realidad se refiere a lo que le sucedió a la serpiente Anaconda—, que a sus apenas treinta años planea reconquistar el río, de alguna manera nos introduce en ese mundo adverso y contrapone la conducta animal a la humana.

De los brasileños Joao Pedro y Tirafogos se cuentan sus formas de ganarse la vida, muy duras por cierto, pero no exentas de picardía, así como el viaje de retorno a su tierra en la vejez.

Juan Brown es argentino, con dos o tres años brillantes de ingeniería, además de ser un gran pianista; no se sabe por qué un día llegó a Misiones. A él y a monsieur Rivet, un químico industrial, se refiere el cuento “Tacuara-Mansión”.

En “El techo de incienso” se describe morosamente la vivienda de Orgaz, así como el problema que presenta; pero, sobre todo, su manera de realizar la tarea de jefe del Registro Civil (“anotaba a escape los datos en un papelito cualquiera y salía de la oficina antes que su cliente, a tapar de nuevo el techo”). También se relata en detalle la sorpresiva visita de un inspector, que desencadena un extraordinario episodio tragicómico.

Y así desfilan diferentes “perdedores” que, por diversas razones, viven en esa zona.

Todo está narrado por el gran cuentista ya en edad madura. No son relatos “de efecto”, como calificó el mismo Quiroga a algunos de los más conocidos salidos de su pluma (“El almohadón de plumas”, “La gallina degollada”, etc.), sino que calan muy hondo en la complejidad del ser humano. Y así, a través de sus palabras, los podemos “ver vivir” y nos resultan queribles incluso en sus insólitas andanzas.

Delia Correa