Entrevista de Clara Vaz
¿Quién registra lo que después se vuelve historia? ¿Y quién decide, en medio de la incertidumbre, quedarse a mirar? Aurelio González estuvo ahí. Cuando todavía no sabía que su lugar iba a ser ese: estar donde las cosas estaban pasando.
Aurelio González no pensaba ser fotógrafo, ni de chico ni de joven. Llegó a la fotografía por una cadena de hechos bastante ajenos a cualquier idea de destino. Tenía 22 años, trabajaba en la construcción, pero un día, en una reunión de españoles antifranquistas en Montevideo, alguien pidió ayuda para un hombre enfermo que no tenía dónde ir. Nadie levantó la mano. Aurelio sí.
El hombre en cuestión había pasado por la Guerra Civil Española y, cuando se recompuso, le propuso algo a modo de agradecimiento: enseñarle fotografía. Aurelio, que trabajaba en la construcción, le dijo que no le interesaba, pero después aceptó. “El saber no ocupa lugar”, sostiene, aún hoy, risueño. Y entró al mundo de la fotografía.
Arrancar sin plan
Así empezó. Sin vocación declarada, sin romanticismo. Con una cámara prestada, aprendiendo lo básico: luz, distancia, diafragma. Sacando fotos donde podía: en bares, en la calle, en una parada de taxis. Hasta que alguien lo fue a buscar porque necesitaba un fotógrafo para un diario. Él mismo dudaba de si lo era, pero aceptó igual.
Primero trabajó para Justicia. Después pasó a El Popular. Ahí ya no había margen para la duda. Era fotógrafo, aunque su forma de entender el oficio siguiera siendo la misma: salir, mirar, registrar.
El Uruguay en el que empezó a trabajar no era estable. La crisis económica se profundizaba, la conflictividad crecía y la represión también. Aurelio lo resume sin vueltas: “Todo eso había que registrarlo”. No hay en su relato una lectura política elaborada, sino una lógica de trabajo: si pasa, se fotografía. Y fue lo que hizo.
Esa lógica lo llevó, por ejemplo, al Palacio Legislativo la noche del 26 de junio de 1973. Fue porque el clima era raro y pensó que algo podía pasar. Llegó y se quedó. Era el único fotógrafo en una sesión atravesada por la incertidumbre, mientras afuera ya circulaban versiones de movimientos militares. Escuchó discursos, vio entrar y salir legisladores y sacó fotos. Horas después, el golpe de Estado era un hecho.
A partir de ahí, las condiciones de trabajo fueron cada vez más adversas. Recorrió fábricas ocupadas, hospitales, calles vacías. Caminó Montevideo cuando el transporte estaba paralizado y las comunicaciones cortadas. En una de esas recorridas terminó subido a una casilla en un cantón de ómnibus, contando en voz alta lo que había visto, rodeado de trabajadores que querían entender qué estaba pasando. Él, que no hablaba en asambleas, terminó relatando los hechos porque tenía algo concreto para decir: había estado ahí.
Pero el problema no era solo registrar. Era qué hacer con ese registro.
Cuando el país se rompe
Cuando la dictadura clausuró El Popular y la situación se volvió más restrictiva, Aurelio entendió que los negativos corrían riesgo. No era un archivo cualquiera: eran años de trabajo en un momento clave, más de 70.000 fotos. Más de una década y media que se perdería si los militares los encontraban. Decidió esconderlos.
Los guardó en latas de película y las fue acumulando en bolsas. De noche, subía por un ascensor chico, casi de servicio, hasta un espacio en lo alto del edificio. Un lugar al que, según su cálculo, nadie iba a acceder. Lo hizo en secreto. Ni sus compañeros sabían dónde estaban.
Ahí quedaron miles de imágenes.
Mientras tanto, su trabajo continuó en condiciones cada vez más duras. Fue detenido varias veces, golpeado, perseguido. En una manifestación le fracturaron una mano. En otra, un disparo le pasó muy cerca de la cabeza. “No te hablo porque me lo contaron. Lo viví y lo fotografié”, dice.
Las imágenes que quedaron
En 1976 se exilió. Pasó por México, España y Holanda. Cuando volvió, ya en democracia, quiso recuperar los negativos. Pero el edificio había sido modificado. El lugar donde los había dejado ya no existía. Todo indicaba que se habían perdido.
Durante años fue así. Hasta que alguien los encontró.
Un hombre que, siendo niño, había visto esas latas en un ducto del edificio. Décadas después, volvió sobre ese recuerdo. Junto a Aurelio, empezaron a buscarlas. Como estaban hechas de metal, usaron un imán para sacarlas desde el interior del ducto, una a una.
Aparecieron. Había decenas de miles de negativos. Más de 70.000 imágenes tomadas a lo largo de años de trabajo: marchas, huelgas, actos, escenas cotidianas, retratos anónimos. Un archivo que, de no haber sido por esa decisión de esconderlas, probablemente no existiría.
Hoy ese material forma parte del acervo del Centro de Fotografía de Montevideo.
Mirar, todavía
Aurelio tiene 94 años y sigue hablando de todo esto en los mismos términos: como trabajo. No hay una construcción épica en su relato. No hay una idea de misión. Hay decisiones prácticas en momentos concretos. La suerte de haber sabido estar en los lugares. Salir cuando hay que salir. Fotografiar lo que está pasando. Guardar lo que no se puede perder.
Cuando habla de fotografía hoy, destaca otra cosa: que cualquiera pueda registrar, que haya imágenes de todo. Menciona guerras actuales, la posibilidad de ver lo que pasa en tiempo real. Y lo contrasta, sin nostalgia explícita, con su época: cámaras pesadas, procesos lentos, riesgo constante.
Sus fotos, sin embargo, siguen ahí. No como piezas aisladas, sino como parte de una secuencia: un registro sostenido en el tiempo de un país en crisis, en conflicto, en dictadura.
Aurelio no lo plantea en esos términos. Dice, simplemente, que la fotografía tiene ese valor: “captar el momento”. Y que, a veces, con el paso del tiempo, permite ver lo que pasó de otra manera.
Lo demás —el reconocimiento, los homenajes, la circulación de esas imágenes— vino después. Lo que estuvo siempre fue otra cosa: alguien con una cámara, en el lugar donde las cosas estaban ocurriendo, haciendo su trabajo.
No dejar nunca de ver
Aurelio no lo dice en tono de consejo formal, pero su experiencia deja una idea clara para quienes hoy leen desde la jubilación: la importancia de no correrse del mundo, de seguir mirando y siendo parte.
Para él, la memoria no es algo abstracto, sino algo que se construye con lo que se vive y, sobre todo, con lo que se registra y se comparte. Por eso sugiere, de alguna manera, no dejar de interesarse por lo que pasa; no pensar que el tiempo vivido queda atrás, sino entender que cada etapa también tiene su forma de aportar.
Así como una fotografía puede volver a traer un momento, las personas también pueden sostener esa memoria viva contándola, transmitiéndola y dándole sentido a lo que pasó. Y es tarea de todos y todas —especialmente de nuestros mayores— seguir mirando. Seguir contando también lo que alguna vez vieron. Porque ahí radica nuestra historia.

